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Hace 1 semana
No sabemos con certeza si fueron cuatro o cinco los años desde que los últimos acordes de la música de Thomas Morley se extinguiesen en los jardines nocturnos de Elvetham, cuando William Shakespeare terminó de escribir una obra que, en la edición de Thomas Fischer —el llamado First Quarto— fue bautizada con el título de A Midsommer nights dreame (no A Midsommer-nights dreame, como dice Astrana Marín y cuyo error ha sido perpetuado ad nauseam por las continuas reimpresiones de sus traducciones), y que hoy conocemos, en grafía actualizada, como A Midsummer Night’s Dream. Se ha conjeturado por los elementos temáticos que es muy posible que hubiese sido elaborada para ser representada en el marco de las bodas de personajes nobiliarios, y se ha discutido con largueza lo que nunca se podrá saber: quiénes eran los hipotéticos contrayentes en esa ocasión o si la reina Elisabeth asistió o no al enlace y a la posterior representación. La insistente aparición de la triple boda y, sobre todo, el discurso de despedida de Oberon










Mientras, en San Diablo, asistimos al primer acercamiento gráfico del lider comunista y sus secuaces. La posición en sí ya es importante. En una mesa de despacho (teléfono, documentos y… ¡candelabro!), sentado en una butaca con reposacabezas, el Ejecutor muestra sus credenciales poniendo sobre los pies sobre el área de trabajo a la par que come un muslo de pollo a mano desnuda. Esto es revelador, porque no se puede ser malvado si no se deja continua constancia de ello hasta en el más mínimo detalle. El Ejecutor come con las manos, pone las botas indecorosamente encima de la mesa, lleva boina calada, luce barba sin bigote y exhibe una morfología facial similar a las representaciones de las especies antecesoras al homo sapiens. Por descontado, también se nos muestra la crueldad en el trato con sus secuaces, que en la hora postrera se revelan como unos cobardes de marca mayor. Como todo comunista, el Ejecutor es despiadado y, como algunos programas informáticos, no tiene tolerancia ante el error. Aquel que fracasa es un traidor. Las caricaturas de Stalin y Beria se trasladan por el tiempo y el espacio hasta la América Latina de los sesenta sin rubor ni ambages.
Humean las armas de la facción comunista. El fusilamiento, esa fórmula punitiva exclusiva de la izquierda, ha dejado sentir su presencia. Los soldados, tocados con gorra, han llevado a cabo la acción sin consideraciones éticas que valgan, sin que se muestre más que una maquinaria al servicio de su lider. Mientras, oculto en una habitación del primer piso del edificio, el Ejecutor y sus camaradas prosiguen a lo suyo. Han desembarcado los yankees, que siguen emperrados en curar (atención a la insistencia) a los campesinos. Naturalmente, ellos van a impedirlo. ¡Cómo se le puede ocurrir a nadie que las izquierdas en América Central o Sur hayan pensado alguna vez en el bienestar del campesinado! Son los Estados Unidos los que, con sus ejércitos de médicos y enfermeras (entre los que se colaba algún Thor de cuando en cuando) han mostrado la humanísima compasión característica de todos sus Gobiernos. Como la muestran ahora en ese lugar de Oriente Medio donde la situación es bastante buena.
La acción continúa y el trasunto humano de Thor, amén de su linda enfermera (en los comics de Lee-Kirkby, las mujeres son enfermeras o ayudantes de laboratorio o secretarias y los hombres médicos, científicos o empresarios: y muéstrese bien la jerarquía entre sexos) han sido capturados. Ahora… ¿Qué es lo que quiere un infame latino (todos son bigotudos o barbudos y feos) de una estadounidense (esto es, blanca, rubia, delgada, hermosa y joven)? Pues qué va a ser. Los extranjeros siempre quieren acostarse con nuestras mujeres. Y, para colmo, son tan zopencos que no conocen las maneras del cortejo. Así que siempre urden unas tramas malignas para tratar de llevarlas a la cama. Todo eso, cuando tienen el tiempo suficiente y no las violan sin contemplaciones. El Ejecutor, al menos, adopta la primera fórmula: tras un brusco galanteo (bravamente respondido por la enfermera, que le echa en cara su fealdad latina), y ante la amenaza de fusilar al doctor Blake, le propone matrimonio. Eso, amigos, es el amor fuera de Estados Unidos. Así se comportan estos salvajes con la florida juventud yanqui.
Entre 1512 y 1515, Matthias Grunewald pintó un óleo sobre tabla de roble para la iglesia del Hospital de San Antonio en Isenheim, que muy posiblemente es su más alta cima como artista. El retablo es monumental: desplegado, extiende sus alas algo más de tres metros y su altura sobrepasa los dos metros y medio. Con los batientes laterales cerrados se abre ante nosotros la escena de crucifixión recortada sobre los azules del anochecer. Un fondo rocoso deja ver más allá los contornos crepusculares de Jerusalén, ciudad que vuelve su oscura espalda a la escena dramática que tenemos en primer plano. En ella, con el madero transversal sobrepasando la tabla central, se extiende el crimen de la cruz en su acto final. A la izquierda, María, con un rostro que parece salido de la tumba (la palidez es mórbida y los verdes aplicados causan pavor) se comba hacia atrás sostenida sólo por el brazo de Juan el Evangelista. Éste gira su cara doliente hacia ella, mortalmente pálido, plenamente consciente de la escena que, años más tarde iba a servir de climax a su texto. Por los suelos, también a la izquierda, la Magdalena ruega por el milagro de la Resurrección o quizás implora por el perdón de sus pecados. Su cabeza está alineada en una horizontal que corre toda la composición —nace de la mano del Evangelista, pasa por la Magdalena, atraviesa las rodillas de Jesús y termina en el nudo de paño blanco que señala la cadera del Bautista— paralela al travesaño en el que están clavadas las manos de su maestro. No es posible tener un entendimiento pleno de la escena si no es notando que rebosa una violencia brutal. Grunewald trasciende la laxitud del cuerpo de Jesús en el Descendimiento de Roger van der Weyden, con sus figuras llenas de una contenida aflicción y se adentra en la retórica salvaje que configura el drama cristiano tal y como se entiende en los albores del XVI en el oeste del Sacro Imperio.
Estamos en unos años brutales, en los que las continuas guerras, cada vez más cruentas y frecuentes han marcado a toda una generación. Envuelto en sus pensamientos, más reflexivo y recogido ante el mundo, Albretch Dürer (Alberto Durero) se entrega a elaborar su grabado acerca de la melancolía, mientras en Italia esplende la guerra que la Liga Santa sostiene contra Francia. Es quizás la inquietud contra un papado cada vez más ambicioso y contra una Roma desde donde emanan las indulgencias para recoger dinero con el que financiar sus actividades terrenales lo que hace que el joven Lutero comience a pensar en su denuncia. Que Grunewald no fue inmune a la doctrina luterana nos es bien sabido: en 1525, y sobrepasando con creces los cincuenta años (edad avanzada en un mundo duro), ha de huir por su apoyo a las revueltas campesinas en Brandemburgo y por su cercanía a las tesis de Martín Lutero. Su visión de la figura de Cristo, sin embargo, ya señalaba el camino para la posterior iconografía del protestantismo: toda la majestad ha sido borrada, toda la magnificiencia tardomedieval se ha desvanecido y sólo queda el espectador ante el espantoso ultraje hacia un cuerpo humano del que todo Dios ha sido desalojado. La sencillez de la composición obedece a este entendimiento privado, no a la gran pompa de las ceremonias promovidas desde Roma: al final, parece decirnos Grunewald, desaparece el escenario y la tramoya, y el creyente ha de afrontar la intolerable situación de permanecer cara a cara con el cadaver de su Maestro.


Como el día anterior había hecho veinte grados y cayó sobre las calles la alegre y dorada y redonda luz de la primavera, ¿Quién iba a esperar semejante mudanza del tiempo?
Lo difícil no sería tratar de persuadir a quienes contemplen la imagen de que la primera de ellas no retrata a un wolverine, a un Demonio de Tasmania o a una fiera brotada de una pesadilla; lo complicado es explicar que ambas fotografías son del mismo individuo y que en la primera de ellas, andaba jugando amistosamente con la persona con la que vive. Descártese, por tanto, todo temor a que el monstruo terminase devorando a ser humano más. Las cámaras, ya se sabe, son a veces traicioneras y engañosas, y en lugar de presentar a un cachorro en plena diversión, se complacen en capturar a una fiera corrupia.

La fiera Hipólita vista una túnica ceñida por una serpiente, y en la Atenas festiva que preludia su boda, frunce el ceño o baja la mirada con aspecto hosco y abatido. El plano, que capta el rostro hacia abajo del personaje no nos da la misma sensación de majestad, en tanto que con el de Teseo nos ocurre todo lo contrario. El Duque de Atenas, abstraído en el ejercicio de su poder, pronuncia su discurso al tiempo victorioso, benigno y amoroso, sin apercibirse en absoluto del estado de ánimo de Hipólita. Véase a Ian Hunter (no confundir con el rockero del mismo nombre), brillante en los reflejos de su armadura, en plena alegría discursiva.
Ante tamaño discurso, ésta es la reacción de la novia; mira al lado contrario con cierta angustia, ajena al alborozo generalizado, como quien quiere escapar.
La curiosidad de ver la escena y cómo se entendería en esta filmación tocaba a su fin. Parece claro que la incomodidad del discurso de Teseo traspasa al lector hasta llevarlo a los personajes y que ambos directores la sintieron lo suficiente como para plasmarlo en su realización. Estaba a punto de cortar —por el momento— cuando la escena siguiente me dejó mudo del impacto. Asistimos a entrada de Lisandro (Dick Powell) y Demetrio (Ross Alexander), esos amantes intercambiables que cortejan a Hermia con desiguales resultados. A fuerza de parecerse, ambos saludan con la misma descontextualización: empleando el saludo romano (¿no estamos en Atenas?), que en esos tiempos —mitad de los años treinta, como se recordará—ya era bien conocido como saludo fascista. ¿Romanos en Atenas? ¿Fascistas en una obra de Shakespeare?. A uno le queda la intriga, porque Reinhardt, ex-director de la Grosse Spielhaus y admirado confeso de los artistas degenerados que condenó el nazismo y judío él mismo, salió de Alemania en 1933 como vía de rechazo al nazismo. ¿Por qué los hace saludar de tal guisa? 


En cualquier modo, no es poco probable que doscientos directores de escena hayan adoptado hoy en día la costumbre de trasladar el contexto de la obra a la Alemania nazi, a los campos de concentración o al interior de un horno crematorio donde danzan (o copulan) Puck y Titania. Es muy posible que sea mi propia ignorancia sobre las representaciones shakespearianas lo que me haga que semejantes escenas me produzcan sorpresa o extrañeza.
Varios barroco: Notturni per i defunti
Paseando ayer por el parque, escuché un grito singular: